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Artesanos...
Miércoles, 16 de Septiembre del 2026
Nacido y criado como orfebre
Desde su taller en la Patagonia, Juan Cúneo ejerce la orfebrería con el firme propósito de perfeccionarse con creatividad, visión y constancia.
¿Qué disparadores o experiencias personales te iniciaron en la vocación artística?
En mi caso fue un proceso sumamente natural. Nací y me crié dentro del taller: Mis padres son orfebres, así que para mí las herramientas, el metal y el fuego eran parte del paisaje cotidiano de la casa.
El gran quiebre se dió a los 17 años: La escuela no era mi camino y decidí dejarla. Descubrí que mi verdadera vocación y el lugar donde me sentía pleno era el taller, y a partir de ese momento me lo tomé con la responsabilidad de un trabajo de vida. Empecé ayudando a mis padres y al poco tiempo ya estaba elaborando mis propias piezas, hasta que a los 18 o 19 años ya contaba con mi propio puesto y mi propia producción en la feria de Puerto Madryn.
¿Tuviste grandes referentes en tu trayectoria como orfebre?
Mis primeros referentes indiscutibles fueron mis padres, quienes me transmitieron la pasión por el oficio y me dieron la base. Pero el gran salto profesional y técnico lo dí gracias a mi maestro, Emilio Patarca. Lo conocí aquí en Puerto Madryn cuando vino a dictar un pequeño taller que me abrió la cabeza; descubrí lo que era la orfebrería profesional con sus técnicas, su historia y sus diferentes estilos. Me entusiasmé tanto que decidí trasladarme a Buenos Aires a estudiar en su escuela, que hacía poco tiempo había abierto.
Allá se dió una relación muy valiosa porque me terminó adoptando de alguna manera como a uno de sus alumnos principales. Lo habitual era asistir dos horas, una vez por semana: Yo asistía tres veces por semana en doble turno. Aproveché cada hora posible durante los cinco años que residí allá. Fue una experiencia espectacular donde aprendí técnicas tradicionales, dibujo e historia del arte.
En 2016 regresé a Madryn con todo ese bagaje, agrandamos el taller e incorporamos nuevas herramientas basadas en lo aprendido. Esa formación me permitió, desde hace unos cuatro años, dar un vuelco definitivo: Dejé las ferias para volcarme exclusivamente a las redes sociales, trabajando a pedido con piezas personalizadas, complejas y creativas. Hoy profeso y disfruto plenamente de ese proceso: Realizar trabajos de alta calidad donde puedo volcar toda mi experiencia.
¿Qué piezas preferís como forma de expresión de acuerdo a tu formación artística?
A lo largo de mi trayectoria la producción fue mutando, pero hoy en día la pieza que me define y a la que me dedico casi exclusivamente es el mate, siempre acompañado por supuesto de sus bombillas. Llevo 17 años en este oficio —exactamente la mitad de mi vida— y considero que lo más difícil en la carrera de un artesano es encontrar un estilo propio y una pieza por la cual la gente te reconozca. Siento que, finalmente, lo he logrado.
Mi trabajo se centra en un formato muy específico: Mates de calabazas seleccionadas, grandes y de pared gruesa, con la boca armada al estilo "torpedo". Esta estructura me funciona como un lienzo en blanco que me permite desarrollar cualquier tipo de diseño personalizado en metal.
Gracias al alcance global de las redes sociales, hoy me encargan piezas desde distintas partes del mundo. El proceso es muy enriquecedor: Se genera un ida y vuelta con el cliente, quien me comparte sus historias, paisajes, símbolos o elementos que lo representan. Muchas veces son motivos que, en un principio, parecería que no tienen lógica estética dentro de la orfebrería tradicional. Ahí radica mi mayor desafío creativo: Asimilar esa información, volcarla en un boceto, corregirla junto a ellos y luego cincelarla en el metal. Lograr que ideas tan diversas convivan armónicamente y ver la sorpresa, o incluso la emoción de los clientes al recibir el resultado final, es una de las satisfacciones más grandes de mi profesión.
¿La actividad docente, qué aporta a tu obra?
Desde hace tres años dicto un seminario de especialización en la técnica de cincelado y procesos especiales dentro de la carrera de Metal de la Escuela Municipal de Artesanías de Trelew. Es un espacio muy significativo para mí, ya que la carrera troncal de tres años la dictan mis padres: El primer año está a cargo de mi madre, y el segundo y tercero de mi padre.
En mi caso, asisto los sábados por la mañana para trabajar con un cupo reducido de alumnos, debido a la especificidad de las herramientas y el espacio físico. Para mí, la docencia es, ante todo, una responsabilidad y un acto de gratitud. Tuve el enorme privilegio de crecer en un taller familiar y, más tarde, de recibir la generosidad absoluta de un referente internacional como Emilio Patarca, quien me transmitió todo su conocimiento sin guardarse nada. Siento que sería egoísta no dar continuidad a ese legado; la mayor satisfacción de un maestro es ver que sus alumnos siguen transmitiendo el oficio.
Además, la orfebrería tradicional es una disciplina que lamentablemente se va perdiendo, y en Argentina existen muy pocas escuelas dedicadas a su enseñanza. Aportar a su preservación desde la Patagonia es fundamental. En lo personal, lo más gratificante de las clases es ser testigo de la sorpresa de los alumnos cuando descubren que son capaces de dominar el metal y lograr piezas o cincelados que jamás imaginaron hacer. Esa energía y esa puesta en valor del oficio me reconectan con la esencia de mi propio trabajo el resto de la semana en el taller.
¿Cuáles son tus planes para el futuro inmediato?
Mis planes para el futuro inmediato se centran en consolidar y profundizar el camino que vengo recorriendo. Me encuentro en un momento de contínuo crecimiento creativo y de expansión. Hoy en día, la tecnología, las redes sociales y herramientas como la inteligencia artificial —que incluso me permite sortear las barreras idiomáticas— me han abierto puertas que antes eran impensadas, permitiéndome exportar mis piezas a los lugares más diversos del mundo. Diseñar para clientes de diferentes culturas y países es un aprendizaje constante que nutre muchísimo mi obra.
Mantener esta dinámica implica un gran trabajo diario que va más allá de las horas que paso sentado en el taller; dedico mucho tiempo a documentar y filmar los procesos para compartirlos con mi comunidad de seguidores, mostrando el detrás de escena, el uso de las herramientas tradicionales y el nacimiento de cada pieza, algo que despierta muchísimo interés.
Mi meta es seguir perfeccionándome día a día. Siento que la orfebrería, cuando se encara con creatividad, visión y constancia, es un oficio que no tiene techo; las posibilidades de innovación y crecimiento son infinitas. Mi plan es continuar empujando esos límites desde mi taller en la Patagonia.